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SOBRE POETAS Y RONQUIDOS
Venía yo ungido de poesía, de pasar casi treinta y seis horas entre creadores de la palabra. El viernes por la noche en la presentación de un libro de poemas escritos por niñas y niños con cáncer, pude saludar al poeta Ernesto Cardenal, a quien Luz Marina Acosta anda promoviendo para el premio Nóbel.
Regresaba yo a mi vida kafkiana, a mi puesto de burócrata venido a menos, menos mal que una revista de la Asociación Nicaragüense de Escritoras, me salvaba la vida en el isócrono aburrimiento de aquel bus de segunda.
Reunidos con Sísifo en Managua, y otras y otros compañeros oficiantes de la palabra, empujamos un poco la piedra cuesta arriba, en el deporte secular de inventar mundos en el gran proceso de la utopía.
En León, tentado estuve para acostarme en el lecho donde murió Félix Rubén García Sarmiento, en aquel museo caserón ideal para velar las armas de poetas novicios, de esos o esas que se asustan con la mirada dura y el entrecejo adusto del bardo de Metapa con gesto de cacique, cuyo espíritu se presiente en todos los rincones del viejo caserón.
Venía yo de Nicaragua, pensando en los proyectos que en la reunión de escritoras y escritores centroamericanos se habían planteado, como jardineros del verbo primario en la locura diabólica y angelical de extraer la esencia de las musas.
De pronto, a pocos kilómetros de la frontera con Honduras, el bus se detuvo a la orilla del camino, subiendo en el acto un contingente policial a revisar documentos. Al ver mi pasaporte uno de los agentes dijo –este es, y sin dejarme protestar siquiera me obligaron a bajar casi a empellones, mientras el bus sin esperar cerró la puerta y a toda prisa me abandonó ahí, a merced de aquellos policías malencarados que sudaban como bestias.
Me acusaban de “tentativa de violación al patrimonio cultural”, por el hecho de haber manifestado en voz alta allá en León, mi deseo de acostarme en la cama de Rubén Darío, locura que por supuesto nunca consumé, pero que los comisarios de la cultura tipificaban como un delito grave, más grave que recitar la “marcha triunfal” sin ponerse grandilocuente.
Recuerdo que me condujeron hacia la comandancia y ahí me estuvieron preguntando cosas estúpidas, como por ejemplo qué pensaba yo sobre el caso del famoso manuscrito de Rubén, obsequiado por el presidente Ortega al mandatario de Venezuela.
Al ver que yo no respondía y que con cierta ironía sonreía, me pusieron frente a un reflector de luz intensa que a los pocos segundos de exposición comenzó a transformarme en un pollo rostizado.
Entonces sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y al despertar sobresaltado, pude darme cuenta que el gran reflector era el sol candente que casi en su cenit me alumbraba la cara a través de la ventana del bus, mientras que la mano en el hombro era del empleado de la empresa de transporte que recogía los documentos para los tramites en migración.
Seguramente por mis ronquidos de aserradero, los pasajeros inmediatos me miraban con ojos casi de compasión.
En la frontera compré el diario y en el suplemento literario que dirige Marta Leonor Gonzáles, me entero que el famoso poema “marcha triunfal” de Darío, está cumpliendo cien veintidós años.
Así las cosas, posteriormente al proseguir el bus su ruta, seguí leyendo la revista de las escritoras nicas (las más eróticas de América Central según anotan ellas en la página 47), tratando de no dormirme nuevamente, no tanto por los sueños raros con Darío, sino por los ronquidos de serrucho oxidado que salen de mi boca cuando estoy durmiendo, los cuales causan escándalo y risas en derredor.
Regresaba yo a mi vida kafkiana, a mi puesto de burócrata venido a menos, menos mal que una revista de la Asociación Nicaragüense de Escritoras, me salvaba la vida en el isócrono aburrimiento de aquel bus de segunda.
Reunidos con Sísifo en Managua, y otras y otros compañeros oficiantes de la palabra, empujamos un poco la piedra cuesta arriba, en el deporte secular de inventar mundos en el gran proceso de la utopía.
En León, tentado estuve para acostarme en el lecho donde murió Félix Rubén García Sarmiento, en aquel museo caserón ideal para velar las armas de poetas novicios, de esos o esas que se asustan con la mirada dura y el entrecejo adusto del bardo de Metapa con gesto de cacique, cuyo espíritu se presiente en todos los rincones del viejo caserón.
Venía yo de Nicaragua, pensando en los proyectos que en la reunión de escritoras y escritores centroamericanos se habían planteado, como jardineros del verbo primario en la locura diabólica y angelical de extraer la esencia de las musas.
De pronto, a pocos kilómetros de la frontera con Honduras, el bus se detuvo a la orilla del camino, subiendo en el acto un contingente policial a revisar documentos. Al ver mi pasaporte uno de los agentes dijo –este es, y sin dejarme protestar siquiera me obligaron a bajar casi a empellones, mientras el bus sin esperar cerró la puerta y a toda prisa me abandonó ahí, a merced de aquellos policías malencarados que sudaban como bestias.
Me acusaban de “tentativa de violación al patrimonio cultural”, por el hecho de haber manifestado en voz alta allá en León, mi deseo de acostarme en la cama de Rubén Darío, locura que por supuesto nunca consumé, pero que los comisarios de la cultura tipificaban como un delito grave, más grave que recitar la “marcha triunfal” sin ponerse grandilocuente.
Recuerdo que me condujeron hacia la comandancia y ahí me estuvieron preguntando cosas estúpidas, como por ejemplo qué pensaba yo sobre el caso del famoso manuscrito de Rubén, obsequiado por el presidente Ortega al mandatario de Venezuela.
Al ver que yo no respondía y que con cierta ironía sonreía, me pusieron frente a un reflector de luz intensa que a los pocos segundos de exposición comenzó a transformarme en un pollo rostizado.
Entonces sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y al despertar sobresaltado, pude darme cuenta que el gran reflector era el sol candente que casi en su cenit me alumbraba la cara a través de la ventana del bus, mientras que la mano en el hombro era del empleado de la empresa de transporte que recogía los documentos para los tramites en migración.
Seguramente por mis ronquidos de aserradero, los pasajeros inmediatos me miraban con ojos casi de compasión.
En la frontera compré el diario y en el suplemento literario que dirige Marta Leonor Gonzáles, me entero que el famoso poema “marcha triunfal” de Darío, está cumpliendo cien veintidós años.
Así las cosas, posteriormente al proseguir el bus su ruta, seguí leyendo la revista de las escritoras nicas (las más eróticas de América Central según anotan ellas en la página 47), tratando de no dormirme nuevamente, no tanto por los sueños raros con Darío, sino por los ronquidos de serrucho oxidado que salen de mi boca cuando estoy durmiendo, los cuales causan escándalo y risas en derredor.
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